Las aseguradoras más grandes están empezando a abordar este asunto mediante evaluaciones de proveedores y requisitos contractuales más rigurosos, pero la gestión de una crisis sigue siendo un punto débil en gran parte del sector. Con demasiada frecuencia, las organizaciones esperan a que se produzca un incidente antes de desarrollar un plan de respuesta integral, momento en el que ya es demasiado tarde.
Este mismo principio también se está manifestando cada vez más en las fusiones y adquisiciones del sector asegurador. El coste de integrar dos organizaciones con niveles y posturas de ciberseguridad dispares puede ser considerable, no solo en términos de correcciones técnicas, sino también en cuanto al cumplimiento normativo y la posible exposición a vulnerabilidades heredadas. Las empresas con visión de futuro están llevando a cabo ahora exhaustivas ciber-evaluaciones, antes de cerrar las transacciones, lo que convierte la madurez cibernética en un factor clave en el valor de las mismas. Pero esta práctica dista mucho de ser universal. El resultado es una brecha cada vez mayor entre los líderes del mercado, que tratan la ciberseguridad como una prioridad estratégica, y los rezagados, que la ven principalmente como un requisito de cumplimiento que hay que marcar en una lista.
La regulación impulsa la actividad cibernética, pero no necesariamente la madurez cibernética
En 2026, la regulación suele ser el principal motor de la inversión cibernética y esto no es menos cierto en el sector de los seguros, fuertemente regulado. Más allá de la creciente aparición de legislación y directivas específicas sobre ciberseguridad, en jurisdicciones como Suiza, las regulaciones financieras imponen requisitos estrictos tanto a las aseguradoras como a los bancos y las empresas más pequeñas se ven cada vez más obligadas a cumplir las mismas normas que sus homólogas de mayor tamaño. Esta presión regulatoria impulsa la actividad, lo que hace que la ciberseguridad aparezca con mayor frecuencia en las agendas de los consejos de administración y que se amplíen los programas de cumplimiento.
Sin embargo, la regulación establece estándares mínimos, en lugar de buenas prácticas. Muchas organizaciones tienen dificultades para pasar de enfoques basados en el cumplimiento a estrategias de seguridad genuinamente basadas en riesgos. Parte de este desafío deriva de la dificultad de cuantificar el valor de los programas de ciberseguridad, en ausencia de un incidente grave. Sin una referencia clara o métricas concretas de retorno de la inversión, conseguir la financiación adecuada sigue siendo una ardua tarea.
Aun así, cumplir la normativa no se traduce automáticamente en comprender y gestionar las amenazas reales. Lo primero puede reducir el riesgo de incumplimiento, pero es lo segundo lo que creará una verdadera resiliencia.
La IA supone tanto una oportunidad como una amenaza para la ciberseguridad de las aseguradoras
Mientras tanto, tecnologías emergentes como la IA presentan tanto oportunidades como retos. La IA apoya cada vez más las operaciones comerciales de las aseguradoras, como el análisis de datos y la gestión de siniestros, pero requiere marcos de gobernanza sólidos que la ciberseguridad basada en el cumplimiento normativo no aborda necesariamente. En particular, dada la naturaleza de los datos protegidos que manejan las aseguradoras, la integración de la IA debe abordarse con la ciberseguridad en primer plano. Dado que el 47% de los ejecutivos espera que la IA ofrezca el mayor retorno de la inversión (ROI) en 2026 y que casi la misma proporción identifica la ciberseguridad como uno de los principales impulsores del ROI, estas dos prioridades ya no pueden tratarse por separado. Un enfoque dual, que amplíe simultáneamente los sistemas de IA y refuerce las prácticas de ciberseguridad, será esencial para acelerar la transformación digital.
Además, la concienciación de la plantilla cobra especial importancia, a medida que se expande la adopción de la IA, ya que no es ningún secreto que los empleados suelen ser la mayor ciber-vulnerabilidad. Cuando se introduce la IA, las aportaciones y la interacción de los empleados se convierten en otra posible vulnerabilidad para las organizaciones que la adoptan.